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La primavera, ¿temporada de la esperanza?

En las últimas semanas se han difundido muchas informaciones acerca del coronavirus que han colocado al clima en el epicentro del debate de los científicos. Las más reciente abordan la posibilidad de que las condiciones ambientales puedan resultar fundamentales en la incidencia y expansión de este patógeno, que ya ha dejado más de 3000 fallecidos y en torno a 90000 infectados a lo largo de todo el planeta, según el Centro Europeo de Prevención y Control de Enfermedades (ECDC).

Lo cierto es que entre la comunidad científica no existe hasta el momento un consenso sobre el tema. Algunos funcionarios de salud pública, empresas y mercados financieros buscan señales que indiquen si la llegada de temperaturas más cálidas en el hemisferio norte podría frenar la propagación de la nueva epidemia. Otros expertos en enfermedades infecciosas no pueden estar seguros, porque este virus no ha existido el tiempo suficiente para que los científicos recopilen la evidencia que necesitan.

Los especialistas saben que las infecciones respiratorias como la gripe, la tos y el resfriado común pueden estar sujetas a influencias estacionales que hacen que los brotes sean más fáciles de predecir y contener. También se conoce que ciertas condiciones ambientales pueden aumentar la transmisión de virus: el clima frío, la humedad y la forma en que las personas se comportan durante el invierno pueden afectar la trayectoria de una epidemia.

Aunque este coronavirus tiene unas características muy similares a otros patógenos como los virus que provocan los catarros o la gripe, hay que tener en cuenta que es una enfermedad emergente, por lo que según los expertos todavía hay mucho que aprender sobre su transmisibilidad, gravedad y otras características que permitirá evaluar los riesgos con mayor exactitud.

Si bien se ha demostrado en varios estudios que el aire más seco del invierno favorece la transmisión de la influenza y que este tipo de infecciones se trasmite menos en el verano, todavía no se cuenta con investigaciones específicas sobre si ocurrirá de esta manera con el coronavirus actual. Por otro lado, tampoco se han estudiado otros factores como la relevancia de la humedad, la duración del día o la radiación ultravioleta.

Sin embargo, muchos consideran el inicio de las temperaturas más cálidas, con el cambio de estación, como un factor de peso en la propagación del virus. Investigaciones anteriores sobre la influenza, muestran que este tipo de virus tiende a ser más activos y agresivos en el invierno que en el verano. Y un simple vistazo a los mapas que muestran la distribución del covid-19, con la gran mayoría de los infectados en el hemisferio norte, parece dar la razón a este argumento.

Tras confirmarse los primeros casos del nuevo coronavirus en México la semana pasada, América Latina y el Caribe se prepara para contener la rápida propagación del virus como ha ocurrido en el resto de los continentes. Un punto a nuestro favor es la aproximación del fin del invierno y nuestro clima semitropical y tropical.

A diferencia de los virus de la gripe, con los que casi todos hemos estado en contacto en algún momento, nuestro sistema inmunitario no está preparado para un ataque con patógenos corona. El coronavirus está rodeado por una capa de lípidos, en otras palabras, una capa de gras, la cual no es muy resistente al calor. Esto significa que el virus se descompone rápidamente cuando aumenta la temperatura.

Probablemente la primavera sea el comienzo del fin del coronavirus, pero todavía queda mucho por descubrir sobre esta teoría del cambio de estación como freno para la propagación del patógeno. Habrá que tener en cuenta que el invierno está por llegar al hemisferio sur (Argentina, Australia, Uruguay…)

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